Aunque su nombre artístico sonaba al de una diva del cine anglosajón o de Hollywood, su raíz y su esencia eran profundamente venezolanas y orientales. Detrás del seudónimo de Doris Wells se encontraba Doris María Buonaffina Padrino, nacida el 28 de octubre de 1945 en Caripito, estado Monagas. Con el tiempo, esa joven de provincia se convirtió en una de las figuras más completas, cultas, vanguardistas e influyentes en la historia de las artes audiovisuales del país.
Del comercial de jabón a las tablas de Juana Sujo
Su llegada al medio artístico no fue planificada: un publicista quedó deslumbrado por su imponente porte, belleza y elegancia, invitándola a protagonizar un recordado comercial en vivo del jabón Lux para la televisión nacional. El éxito de esa aparición le abrió paso inmediato en las pasarelas del modelaje y capturó la atención de los ejecutivos de Radio Caracas Televisión (RCTV).
Sin embargo, Wells rehusó conformarse con ser solo un rostro bello. Con una vocación férrea y desafiando los prejuicios de la época, ingresó formalmente —y a escondidas de su familia— en la prestigiosa escuela de teatro de la maestra Juana Sujo. En 1964 llegó su debut actoral con la telenovela Historia de tres hermanas, compartiendo escena con figuras de la talla de Raúl Amundaray y Eva Blanco. Sus primeros años destacaron por la encarnación de complejas antagonistas, mostrando una fuerza dramática y un histrionismo que la posicionaron rápidamente en la primera línea actoral.
Reina de la era dorada: Ruptura y consagración
A mediados de los años 70, Doris Wells se erigió como la protagonista indiscutible de la era de oro de la televisión venezolana:
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Pionera del drama social (La señora de Cárdenas, 1977): De la mano de la pluma de José Ignacio Cabrujas, rompió el molde del melodrama tradicional al poner en primer plano, con absoluta crudeza y realismo, temas tabú como el divorcio y el desencanto conyugal.
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Hito de masas (La fiera, 1978): Inmortalizó a Isabel Blanco en la célebre adaptación libre de Los hermanos Karamazov de Fiódor Dostoievski, pulverizando los récords de sintonía en toda Venezuela.
Directora, creadora y triunfo en Cannes
Inquieta intelectualmente, Wells no se limitó a repetir fórmulas. Decidió retirarse de los culebrones diarios para escribir, producir y dirigir sus propias historias. Para nutrir su visión teórica, ingresó a la Escuela de Arte de la Universidad Central de Venezuela (UCV). De esa etapa nacieron piezas de profundo compromiso conceptual y social, como el cortometraje Porcelana (1981), sobre la crisis de la mediana edad, y el unitario político La derrota final (1982).
En la gran pantalla demostró una versatilidad sin fronteras: protagonizó el emblemático largometraje La casa de agua (1983) y alcanzó la gloria internacional con Oriana (1985), obra de Fina Torres que conquistó la Cámara de Oro en el Festival de Cine de Cannes. Para 1986 sorprendió gratamente al público explorando el rol de animadora en el espacio Concurso millonario, a través de Venezolana de Televisión.
Una despedida prematura pero imborrable
Ese mismo año, en 1986, le fue diagnosticado un cáncer de mama contra el que libró una dura y discreta batalla. A raíz de complicaciones que derivaron en una crisis metabólica hepática y un cuadro de neumonía aguda, falleció el 20 de septiembre de 1988 en la Policlínica Santiago de León de Caracas, con apenas 42 años de edad.
Su repentina partida estremeció a todo un país que la vio crecer y revolucionar la pantalla. Hoy, la monaguense de Caripito que conquistó a Venezuela con nombre anglosajón y talento irrepetible permanece grabada para siempre en la memoria colectiva como la eterna e insuperable «Señora de la Actuación».

