Por: Abg. Guillermo E. Vásquez Adrián
Inicio estas líneas con más interrogantes que respuestas, y no es para menos. La situación del país requiere de un cambio profundo y, en el fondo, tengo muchas dudas de que realmente los venezolanos tengamos claro lo que esto implica. Por momentos, pienso que existe la creencia de que nuestros problemas se terminan con solo sustituir al actual gobierno.
¿Estamos dispuestos como sociedad a un cambio profundo, o por el contrario, solo aspiramos a un cambio de nombres en el poder? Si lo que realmente queremos es lo segundo, entonces nos conformaríamos con un simple cambio de rostros. Esto, por supuesto, traería consigo un relevo de beneficiarios en el sistema de privilegios; o sea, palabras más, palabras menos: unos «nuevos enchufados».
La reconstrucción nacional no vendrá de la mano de un nuevo mesianismo, sino de la desaparición de los vicios que nos trajeron hasta aquí. Nos hemos acostumbrado a un Estado elefantiásico que pretende asfixiar la iniciativa individual bajo el peso de la burocracia y el control. Un cambio real implica, necesariamente, la reducción del Estado a sus funciones esenciales.
Mientras el progreso dependa de ser «amigo» del gobernante de turno y no del talento, el esfuerzo y la competencia, seguiremos atrapados en un círculo vicioso de corrupción y atraso. El éxito de los ciudadanos debe provenir de los méritos individuales y colectivos, y no de la cercanía al presupuesto público.
Nuestra tragedia no es solo económica; es una crisis de valores donde el ciudadano fue desplazado por el «cliente» político. El descalabro social que hoy padecemos es la consecuencia lógica de haber cedido nuestras libertades a cambio de dádivas y promesas vacías. Si no corregimos estos paradigmas, corremos el riesgo de repetir los errores del pasado bajo nuevos colores y partidos. La verdadera transformación es cultural: se trata de pasar de una sociedad tutelada a una de ciudadanos libres y responsables.
Una nota aparte requiere el análisis del culto enfermizo a la personalidad. Ha sido bastante desagradable e indignante acostumbrarnos a que todo gobernante de turno utilice ambulancias, patrullas policiales y hasta camiones de basura para promover su nombre e imagen. Esta es una deformación institucional que solo busca alimentar una lealtad servil y un mesianismo anacrónico.
Un cambio real de mentalidad es entender que el Estado no es un ente generoso ni salvador. Los gobernantes no nos «hacen favores» cuando cumplen con sus obligaciones básicas. Para que el cambio sea irreversible, debemos ganar la batalla contra nosotros mismos y contra esa herencia estatista que aún habita en nuestra psiquis.
No basta con cambiar al gobierno; es imperativo cambiar el sistema y la forma en que nos relacionamos con el poder. Solo cuando entendamos que el Estado es un facilitador y servidor del ciudadano y no su tutor ni benefactor, y que nuestra prosperidad depende de nuestra propia capacidad, podremos decir que Venezuela ha comenzado su verdadero camino hacia la libertad.
¿Será que estamos dispuestos a cambiar?

