Por: Abg. Guillermo E. Vásquez Adrián: Abogado, UCAB, Director Centro de Formación y Políticas Públicas IFEDEC Capitulo Monagas
La historia de Venezuela ha estado signada, en todas sus etapas, por el populismo. Si bien este fenómeno puede infiltrarse en cualquier modelo político sin importar su signo, en el caso patrio ha echado raíces bajo una de sus formas más perniciosas: el populismo estatista.
Se trata de esa narrativa irresponsable que pretende erigir al Estado como el providencial salvador y solucionador de toda angustia social. Vende la peligrosa ilusión de que solo desde el sector público —y de forma gratuita, claro está— se pueden superar los inconvenientes que aquejan a una sociedad, anulando así toda responsabilidad individual.
Este flagelo todavía permanece incólume. Pese a que hoy se nos presenta una histórica oportunidad para extinguirlo, el estatismo se resiste a morir, convirtiéndose en el principal adversario de la reconstrucción nacional. Su peligrosidad no reside únicamente en ser una herramienta de políticos inescrupulosos; su mayor amenaza es antropológica. El populismo habita en nuestra propia psiquis: han sido muchos años de exposición los que han enraizado marcos mentales que nos hacen susceptibles a sus promesas.
En días recientes, este modelo parece recobrar una fuerza amenazante. Esta vez no emana solo del desastroso gobierno socialista, sino incluso desde la misma oposición. Existen quienes, en su desmedida ambición de poder, presentan ofertas y exigencias irrealizables en un ejercicio de oportunismo puro. Esto solo es comprensible si las propuestas son precedidas por una profunda ignorancia sobre el funcionamiento de la economía o, por el contrario, por un cálculo irresponsable cuyo único fin es la captura del poder a como dé lugar.
Si nuestra propia tragedia nacional no fuera suficiente para aprender la lección, podríamos ilustrarla con otros ejemplos. El caso de Zimbabue, bajo el gobierno de Robert Mugabe, es quizás el recordatorio más crudo de lo que sucede cuando el populismo estatista pretende ignorar las leyes de la economía. El intento de abolir la inflación por decreto y el asalto a la propiedad privada terminaron pulverizando la moneda, sumiendo a una nación próspera en la miseria absoluta. No existe decreto, por más «soberano» que pretenda ser, capaz de anular la realidad del mercado sin destruir la dignidad y el sustento de los ciudadanos.
Derrotar al populismo estatista es una condición indispensable si queremos construir una sociedad consciente de sus virtudes y defectos. La verdadera reconstrucción exige ciudadanos que asuman su propia responsabilidad y entiendan que el único camino es un modelo que respete las libertades individuales.
Dicho modelo debe sustentarse en un ordenamiento jurídico que proteja la propiedad, promueva la iniciativa privada y genere incentivos reales para emprender. Es urgente concientizar a los venezolanos sobre la importancia de cambiar paradigmas arraigados que solo han traído desolación. Si aspiramos a una transformación irreversible, primero debemos ganar la batalla cultural.

